La Avenida Revolución volvió a oler a tostado, a pan recién horneado y a encuentros. Este 21 y 22 de febrero, la segunda edición del festival “Tijuana con Olor a Café” convirtió el corazón de la ciudad en un punto de reunión para familias, amantes del café, emprendedores y comunidad pet friendly que respondieron al llamado de una bebida que, más allá del consumo, representa cultura y convivencia.
Durante dos días, más de 60 expositores, entre ellos 45 cafeterías, reposterías y emprendimientos locales, ofrecieron degustaciones, productos artesanales y propuestas gastronómicas que reflejan la identidad creativa de Tijuana. El evento, que en su primera edición reunió a 15 mil personas, buscó este año superar esa cifra y consolidarse como una plataforma que integra el café con el arte, la música y el espacio público.
El objetivo del festival es fortalecer la cultura cafetera como un punto de encuentro que conecta distintas disciplinas: arte, deporte, gastronomía y convivencia comunitaria. Y eso fue precisamente lo que se vivió sobre la icónica avenida: una ciudad caminando sin prisa, probando, escuchando música en vivo y redescubriendo su propio centro histórico.

Más que café: comunidad pet friendly y causas con propósito.
Uno de los aspectos más destacados de esta edición fue su carácter pet friendly. Decenas de familias acudieron acompañadas de sus perros, generando una atmósfera distinta: más abierta, más relajada, más inclusiva. No fue solamente una etiqueta; fue una experiencia.
Además, el festival abrió espacio para asociaciones civiles dedicadas al bienestar animal y proyectos de terapia asistida con animales. Algunos stands informaron sobre adopción responsable, rescate y programas terapéuticos que utilizan la interacción con animales para apoyar procesos emocionales y de rehabilitación.
En una ciudad donde el movimiento pet friendly ha ido creciendo, este evento funcionó como un punto de encuentro natural para esa comunidad. El café se convirtió en el pretexto; la convivencia fue el verdadero protagonista.

El café: entre la cultura y la fragilidad
Pero detrás del aroma seductor que envolvió la Avenida Revolución existe una realidad que pocas veces se discute mientras sostenemos una taza caliente entre las manos.
En el mundo existen más de 230 especies del género Coffea, pero comercialmente dependemos casi en su totalidad de solo dos: arábica y robusta. La arábica, considerada de mayor calidad por su perfil aromático y complejidad en taza, enfrenta serios desafíos ante el cambio climático, plagas y modelos de monocultivo intensivo.
El monocultivo (la práctica de sembrar una sola especie en grandes extensiones) ha aumentado la vulnerabilidad de los cafetales frente a enfermedades y variaciones climáticas. En contraste, el policultivo y los sistemas agroforestales ofrecen mayor resiliencia, aunque requieren más inversión y conocimiento técnico.

Expertos han advertido que, si las condiciones actuales continúan, la producción de arábica podría verse severamente afectada en las próximas décadas. Países productores como Brasil y Vietnam compiten en volumen y mercado, mientras los agricultores enfrentan fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes.
En ese contexto, festivales como “Tijuana con Olor a Café” también abren una oportunidad para ampliar la conversación: ¿sabemos realmente de dónde viene nuestro café? ¿Entendemos el impacto ambiental y social de su producción?
Una taza con responsabilidad
El éxito del festival confirma que el café no es solo una bebida; es un ritual social. Sin embargo, en medio del entusiasmo por probar nuevas mezclas, métodos de extracción o granos de especialidad, también es necesario reflexionar sobre nuestro consumo.
El consumo desmedido, la cultura de la inmediatez y la demanda constante de producto barato presionan las cadenas de producción. Elegir cafés de comercio justo, apoyar tostadores locales que trabajen con trazabilidad y valorar procesos sostenibles son pequeños pasos que pueden marcar diferencia.
“Tijuana con Olor a Café” dejó claro que la ciudad tiene sed de comunidad. Ahora el reto es que esa comunidad también tenga conciencia.
Porque mientras celebramos el aroma que despierta nuestras mañanas, también debemos preguntarnos qué futuro queremos para esa taza que hoy damos por sentada.
Y quizá ahí, entre la espuma y el vapor, empiece una conversación más profunda que el simple acto de beber café.

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