En el apasionante recorrido cinematográfico de este año, donde en nuestra agenda hemos transitado desde el suspenso asfixiante de las funciones de prensa de cintas como Backrooms hasta los arrebatos visuales de Amarga Navidad (esa genialidad de Pedro Almodóvar), ha llegado por fin el evento cinematográfico de la década.
Podemos confirmarlo sin la menor duda y con enorme entusiasmo: la odisea es una joya absoluta del cine contemporáneo. Christopher Nolan toma el épico poema de Homero y lo transforma magistralmente en un portento audiovisual verdaderamente deslumbrante.
Si esperabas salir ileso o mínimamente relajado de la sala, olvídalo de una vez; esta imponente película te dejará sordo, bombardeando todos tus sentidos con una experiencia inmersiva e implacable que solo el visionario director británico sabe orquestar a la perfección en la pantalla grande.

La audacia visual y los tonos grises de la odisea
Contra todo pronóstico preestablecido, y desafiando firmemente las convenciones del cine épico tradicional, Nolan apuesta sin titubeos por una paleta de tonos grises, apagados y metálicos. Lo que para algunos críticos más puristas podría parecer un detalle polémico o un atrevido sacrilegio a la luz vibrante del mar Mediterráneo, a nosotros nos pareció un detalle estético sumamente interesante y audaz.
Estos colores sombríos y profundamente fríos dotan a la película de un realismo bélico incomparable y de un peso psicológico brutal, alejándola por completo del gastado cliché de la fantasía sumamente colorida. El regreso a casa no es de ninguna manera un paseo turístico; es un oscuro tormento marcado por la sangre y el salitre.
Las extensas tres horas de metraje rodadas íntegramente en el gigantesco formato IMAX, combinadas sabiamente con este filtro de corte casi postapocalíptico, se sienten como un abrazo asfixiante pero profundamente gratificante para cualquier amante del buen cine.

El núcleo emocional dentro de la odisea
Dentro del monumental y oscuro laberinto narrativo que es la odisea, destacan brillantemente las grandes obsesiones autorales de Nolan: la pesada relatividad del tiempo, las imborrables heridas del trauma y el peso aplastante de la culpa.
Matt Damon entrega un Odiseo roto, sumamente terrenal y creíble, brindando indiscutiblemente una de las actuaciones más honestas e imponentes de toda su reconocida carrera. Anne Hathaway, por su parte, eleva a la estoica Penélope con una gravidez emocional deslumbrante, dotándola de una voz férrea y admirable frente a la adversidad constante. Robert Pattinson se roba irremediablemente la atención con un Antínoo tan sórdido como cautivador que domina sus escenas. Aunque el joven Tom Holland lucha un poco por darle la complejidad actoral necesaria a su Telémaco, la aplastante maquinaria de la película jamás se detiene por ello. Todo fluye con la potencia imparable de una auténtica locomotora sonora.

El misticismo ausente: El problema de los dioses en la odisea
A pesar de ser una película objetivamente extraordinaria, hay un flanco específico donde sentimos que flaquearon un poco: el tratamiento de los dioses y del crucial elemento divino. En el sagrado texto clásico, las deidades son fuerzas rectoras ineludibles, pero aquí el director los reduce lamentablemente a simples mortales caprichosos, vaciando el relato de casi toda su magia.
La elección de Zendaya como Atenea ilustra excepcionalmente bien este fallo. Sin su gloria divina, sin el icónico casco y el sagrado escudo que la caracterizan inconfundiblemente desde que nació de la cabeza de Zeus, la diosa pierde rápidamente su imponente peso simbólico.
Del mismo modo, presentar a la mítica Circe como una simple campesina erradica por completo su innegable estatus de la hechicera por excelencia en la mitología. Y qué decir de la imponente Escila; un monstruo que lógicamente pertenece a una oscura cueva acuática a causa de una imperdonable maldición de Circe, pero que inexplicablemente aquí termina siendo adaptada como una bestia de montaña.

Además, la dolorosa omisión del conflicto teológico directo con Poseidón (iniciado justamente por la herida a su hijo Polifemo el cíclope) le resta un tremendo impacto moral al agotador viaje.
Pero donde el misticismo hace más falta en la odisea es, sin lugar a duda, en el icónico descenso al Hades. Esa lúgubre bajada al inframundo, que debió ser la cúspide espiritual y terrorífica del relato, carece drásticamente de la opresiva atmósfera espectral que la historia exigía. Se siente extrañamente terrenal cuando obligatoriamente debía ser cósmica y aterradora, un tropiezo indudable dentro de una obra de arte inmensa.

La influencia de Guillermo del Toro en la odisea
Afortunadamente para todos, cuando se trata de las amenazantes criaturas tangibles, la cinta respira una grandiosidad técnica francamente inigualable. Es del todo evidente la valiosa lección creativa tomada del maestro mexicano Guillermo del Toro: los monstruos cinematográficos necesitan alma, psicología propia y, sobre todo, materialidad. Polifemo, construido maravillosamente como un imponente animatrónico gigante en el mismo set de filmación, aporta una tangibilidad física abrumadora que el CGI puro y tradicional jamás lograría emular.
Esta valiente apuesta por los complejos efectos prácticos, las texturas palpables y la robótica funcional se fusiona de maravilla con los muy interesantes tonos grises de la aclamada fotografía, dándole a los enormes engendros un aire pesadillesco, melancólico y extremadamente real. Es exactamente en estos apartados técnicos donde la odisea reafirma orgullosamente su estatus de joya cinematográfica sin precedentes, envolviendo al espectador en un universo táctil, abrumador y hermosamente monstruoso.

El veredicto final sobre la odisea
En resumen, estamos frente a un hito visual y sonoro imborrable del séptimo arte. Los pequeños detalles fallidos con los dioses son apenas grietas en un colosal coliseo; están ahí, son evidentes para el ojo crítico, pero francamente no logran derribar en absoluto la majestuosidad de la obra completa.
Christopher Nolan ha construido una monumental película que sacudirá tus tímpanos con ferocidad y se quedará grabada a fuego en tus retinas. La aplastante grandilocuencia visual, el volumen espectacularmente ensordecedor de su elaborada mezcla de sonido y su inabarcable escala épica conforman, en conjunto, una experiencia inmersiva que justifica y recompensa ampliamente cada centavo pagado por el boleto en la taquilla.

Desde el equipo editorial de Ruta 25, les extendemos una invitación absoluta y francamente obligada: corran inmediatamente a ver la odisea en la pantalla más grande y con el mejor sistema de sonido que encuentren disponible en su cine más cercano, y compren unas palomitas muy grandes. Y recuerden siempre, queridos lectores, que esta extensa crítica es solo nuestra muy humilde opinión como fieles amantes del séptimo arte.
Finalmente, si alguno de ustedes planea reclamarnos, argumentando enojados que arruinamos la trama, las grandes sorpresas o el destino final del sufrido protagonista de la odisea… bueno, solo nos queda decirles pacíficamente que, si en verdad no querían dolorosos spoilers literarios, tuvieron toda su bendita vida para leer la gran obra de Homero. Nos vemos pronto.

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