En junio de 2025, México finalmente promulgó la Ley Silla (art 133 XVII bis), que obliga a los empleadores a proporcionar sillas y permitir descansos a trabajadores que pasan largas jornadas de pie.
Lo que debería ser una práctica elemental de respeto y salud no pudo lograrse sin recurrir al Congreso. Si hoy celebramos que el derecho a sentarse sea ley, es porque algo falló profundamente en el sistema laboral.

La reforma a la Ley Federal del Trabajo, aprobada por unanimidad y publicada en diciembre de 2024, busca evitar que personas trabajadoras —particularmente en sectores como el comercio minorista o servicios— sean forzadas a permanecer de pie durante horas, sin ninguna consideración por su salud física. Lo que debería haber sido una práctica mínima de respeto y dignidad, se volvió materia de legislación federal.
Resulta desconcertante que en el siglo XXI sea necesario recordar por ley que un cuerpo humano no puede mantenerse erguido ocho horas sin consecuencias. Que deban emitirse lineamientos desde la Secretaría del Trabajo para que las empresas entiendan que permitir sentarse no reduce productividad, sino que la mejora. ¿En qué momento se naturalizó que el maltrato físico era parte del empleo?

Esa misma decepción crece cuando se considera la promesa de reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas. Anunciada por el gobierno de Claudia Sheinbaum en mayo de 2025, la propuesta busca recortar 8 horas semanales, completar la transición hacia 2030 y mejorar la calidad de vida de millones. Pero la letra sigue pendiente de aprobación: pasó en comisiones, se quedó “en pausa” hasta que la iniciativa presidencial llegue al pleno, y enfrentó resistencia empresarial.
Mientras tanto, uno de cada cuatro mexicanos sigue trabajando más de 48 horas por semana, víctimas de un sistema que normaliza la sobreexplotación. Y aunque el plan busca implementarse gradualmente, la lentitud del proceso provoca escepticismo. ¿Por qué debe pasar otra década para lograr algo que en varios países de la OCDE es estándar desde hace años?

Lo apático del sistema laboral mexicano se evidencia: se necesita una legislación para garantizar derechos tan básicos como sentarse o no trabajar jornadas extenuantes. Se prometen mejoras urgentes, se programan reformas clave como la reducción a 40 horas, pero todo queda en promesas y calendarios dilatados. El verdadero logro no sería la aprobación de estas leyes, sino haber cultivado una cultura de respeto cotidiano y condición digna para trabajar.
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