Por Toto, el perro de “Lo que queda de nosotros” 🐾
A veces pienso en ese día.
En cuanto puse una pata debajo de la banqueta supe que algo, en definitiva, estaba mal. Pero antes de eso hubo días buenos. Días con Nata.
Ella me llevaba al parque todas las mañanas. Decía “calamidad, calamidad” mientras me ponía la correa, y yo movía la cola sin entender si eso era algo bueno o malo. Después hacíamos popó, y ella la guardaba en una bolsa como si fuera un tesoro. La vida era sencilla, tenía olor a atún y a viento.
Vivíamos frente a una ventana que daba a una pared. No había mucho que ver, pero era nuestra pared. En las noches, el sonido de la ciudad se mezclaba con su respiración, y yo aprendí a reconocer cuándo tenía miedo y cuándo soñaba. A veces me hablaba de cosas que no entendía del todo, como la tristeza o la culpa, pero igual la escuchaba. Eso hacen los perros: escuchan, aunque no comprendan todas las palabras.
Un día, el hombre alto dejó de venir.
Y Nata empezó a llorar. Lloraba tanto que dejó de sacarme al parque, y yo aprendí a quedarme quieto, a esperarla, a consolarla con la cabeza sobre su rodilla. A veces, cuando las lágrimas caían sobre mi hocico, creía que eran gotas de lluvia y que todo volvería a florecer.
Hasta que una tarde me subió al carro, manejó por muchas horas y llegamos a un parque al que nunca habíamos ido. Jugamos un rato. Ella reía entre lágrimas. Y de pronto, se arrodilló frente a mí, me quitó la correa y dijo:
—“No me hagas sentir culpable.”
Quise abrazarla, pero los perros no tenemos brazos. Solo pude lamerle la cara mientras el olor a tristeza se quedaba pegado en mi hocico. Luego subió al auto y se fue. Así, sin más.
Yo me quedé sentado, esperándola. Pero ella no volvió.
Oscureció. Las luces del parque se fueron apagando una por una. Escuché el eco de los autos, el ruido de la vida que continuaba, y comprendí que mi historia se acababa de partir en dos.
“Lo que queda de nosotros”
Mi historia —nuestra historia— ahora se cuenta sobre un escenario. Se llama Lo que queda de nosotros, y está escrita por Sara Pinet y Alejandro Ricaño.
Ahí estoy yo, Toto, junto a Nata, intentando entender el abandono, el amor y la esperanza. Silvia Reall (interpretando a Nata) y Ari Rodríguez (interpretando a Toto), bajo la dirección de Gonzalo Gonzáles que en equipo que convierte cada palabra en latido. La música en vivo acompaña cada emoción, cada ladrido imaginado, cada silencio que pesa más que las palabras.


Dicen que es una obra que duele, pero también que abraza.
Y yo creo que sí. Porque cada vez que termina, la gente me mira como si recordara a alguien que también se fue. Algunos sonríen, otros lloran. Pero todos salen con algo nuevo latiendo en el pecho.
A veces me pregunto si Nata también estaría entre ellos, viéndome desde alguna butaca, comprendiendo al fin lo que sentí cuando la vi alejarse. Quizá no. O quizá sí, porque hay historias que se repiten en cada persona que ama y pierde.
Lo que queda de nosotros no es solo una obra sobre la pérdida. Es una carta abierta al amor, a la memoria, a esos vínculos invisibles que ni el tiempo ni la distancia logran borrar.


La escenografía representa un nido de cigüeñas que se eleva hacia el cielo, un refugio simbólico para Nata: su lugar seguro cuando su padre se va.
El nido, como metáfora, habla de la búsqueda de contención, la fragilidad emocional y el deseo profundo de sentirse protegido, incluso en medio de la pérdida.
Ven a escuchar mi historia
- Sábado 8 de noviembre 4:00 pm
- Domingo 9 de noviembre 1:00 p.m.
- Teatro IMSS, Tijuana
- Boletos: $300 MXN — disponibles en redes y en www.loquequedadenosotros.com
- Informes: 664 123 7724
Si alguna vez amaste a alguien y tuviste que dejarlo ir, esta historia también es tuya.
Te espero en el teatro.
Prometo no hacerte sentir culpable.
🐾Toto

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