La Catrina, símbolo eterno de la identidad mexicana, ha recorrido más de un siglo de historia desde el grabado de José Guadalupe Posada hasta las coloridas figuras de barro que hoy habitan en Capula, Michoacán. Su transformación es también la historia de México: una fusión entre crítica, arte y espiritualidad.

Los huesos del pueblo: la Calavera Garbancera de Posada
A inicios del siglo XX, José Guadalupe Posada retrató en su grabado “La Calavera Garbancera” a una mujer esquelética con sombrero francés, elegante y altiva. Era una sátira dirigida a aquellos mexicanos que renegaban de su origen indígena para aparentar un estilo de vida europeo.
“En los huesos, pero con sombrero francés”, escribió Posada, burlándose de la hipocresía social del Porfiriato, cuando las clases populares aspiraban a parecer aristócratas en un país profundamente desigual.

Las calaveras de Posada fueron más que ilustraciones: se convirtieron en una voz del pueblo. En ellas convivían la crítica política, el humor y la muerte como espejo de la vida. Así nació el espíritu de La Catrina, una figura que hablaba de pobreza y orgullo, de vida y despojo, de identidad y contradicción.

El renacimiento de la elegancia: Rivera y la Catrina moderna
Casi cuarenta años después, en 1947, Diego Rivera retomó aquella calavera para darle un nuevo rostro en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. Allí, La Catrina aparece vestida con una falda tehuana y una boa de serpiente emplumada, símbolo de Quetzalcóatl, el dios de la sabiduría y la renovación.

Rivera la colocó entre José Guadalupe Posada y Frida Kahlo, en una composición donde convergen las raíces indígenas y la modernidad. La Catrina de Rivera dejó de ser una burla para transformarse en un emblema de la identidad mexicana, la reconciliación entre la vida y la muerte, entre lo indígena y lo europeo, entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

El barro y la eternidad: Capula, cuna de la Catrina
A 20 minutos de Morelia, Capula, Michoacán, guarda el último capítulo de esta historia. Este pueblo purépecha, célebre por su alfarería desde tiempos de Vasco de Quiroga, se convirtió en los años 80 en la cuna de la Catrina de barro gracias al artista Juan Torres Calderón, discípulo de Alfredo Zalce.

Torres dio tridimensionalidad a la figura que Posada grabó y Rivera vistió: encarnó a La Catrina en el barro rojo, combinando tradición indígena y arte moderno. Su escuela de arte en Capula formó a generaciones de artesanos que continúan modelando la elegancia y el misterio de la muerte con sus propias manos.

La técnica del capulineado —los característicos puntos verdes que evocan la flor del capulín— y la flor de Capulín, se volvieron sello distintivo de estas esculturas. Hoy, más de 50 artesanos certificados trabajan con Indicación Geográfica, garantizando autenticidad y preservando una tradición reconocida por su valor cultural.



Mictecacíhuatl: el mito detrás del rostro
Pero antes de Posada o Rivera, antes incluso del barro de Capula, ya existía una mujer que reinaba sobre los muertos.
Su nombre era Mictecacíhuatl, la diosa mexica conocida como la Señora de la Muerte. Reina del Mictlán, el inframundo, y esposa de Mictlantecuhtli, ella custodiaba los huesos de los difuntos y presidía las ceremonias dedicadas a los muertos.

Según la leyenda, Mictecacíhuatl murió al nacer, lo que la convirtió en la reina virgen y pura del reino de los muertos. Durante el Día de Muertos, se cree que ella permite que las almas viajen desde el Mictlán para visitar a sus seres queridos, mientras su esposo pone pruebas y obstáculos a su paso.
Mictecacíhuatl representa la dualidad de la vida y la muerte, el inicio y el final, la descomposición y el renacimiento. A veces descrita con una cabeza de calavera y un cuerpo adornado con símbolos de fertilidad, su figura recuerda que la muerte no es el fin, sino una transformación.

En la cosmovisión mexica, Mictecacíhuatl no era temida, sino respetada. Ella era la guardiana del equilibrio natural, el ciclo que mantiene viva la existencia. Su espíritu pervive en cada altar, en cada flor de cempasúchil, y en cada sonrisa pintada en el rostro de una Catrina.

La Catrina como patrimonio y leyenda viva
Reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el Día de Muertos es el contexto donde La Catrina alcanza su máxima expresión. Ella es el puente entre el mundo de los vivos y el de los muertos, entre la memoria y la esperanza.

En Capula, cada figura cuenta una historia, una mirada que parece venir del Mictlán, donde según la leyenda, Mictecacíhuatl, esposa de Mictlantecuhtli, custodia las almas y las raíces de los que partieron. Así, la Catrina no solo decora los altares: guarda la memoria de todo un pueblo.
Desde los grabados de Posada hasta las esculturas de Capula, La Catrina ha recorrido el tiempo como lo hacen las almas en el Mictlán: atravesando sombras y pruebas, renaciendo en cada generación.
Ella es la heredera de Mictecacíhuatl, la Señora del Inframundo, y su presencia nos recuerda que en México la muerte no se teme, se honra.
De la crítica social nació una diosa moderna; del barro y el fuego, una tradición que respira arte y memoria.
En cada figura de Capula, la Catrina vuelve a nacer.
Y mientras sus ojos de barro miran con calma, parece susurrar un mensaje antiguo como la tierra:
“La muerte no destruye. Solo transforma.”

¡Síguenos, La Ruta la marcas tú!🔔
No te pierdas las mejores noticias y actualizaciones sobre deportes, entretenimiento, cine y turismo.
