En Tijuana, el arte textil de la Amazonía abrió un río espiritual donde la memoria, el canto y la comunidad siguen vivos.

Tijuana, B.C.— No fue una inauguración.
Fue un acto de presencia.

La noche en que Non Kené Nete [Nuestros mundos espirituales] abrió sus puertas en la Sala 2 de El Cubo del Centro Cultural Tijuana, algo se desplazó suavemente dentro del espacio. El museo dejó de ser un contenedor y se convirtió en cauce. Las paredes respiraron distinto. El suelo recordó al río.

No había una suma de obras esperando ser observadas. Había un solo cuerpo colectivo, extendido en hilos, telas y silencios compartidos. Más de cincuenta piezas textiles —y una obra que habita el suelo— no se presentaron como objetos, sino como fragmentos de un mismo canto.

El kené no se mira: se escucha

En la lengua shipibo-konibo no existe la palabra “arte”.
Existe el kené.

El kené es diseño, sí, pero también es medicina, religión y memoria. Es el mapa invisible de la selva, la piel de la anaconda, el pulso de los ríos. No se inventa: se recibe. Llega desde el mundo espiritual a través de las plantas y se manifiesta en las manos de las mujeres que bordan.

Cada línea es una vibración.
Cada patrón, una historia que no puede decirse con palabras.

En Non Kené Nete, el kené narra la experiencia de Cantagallo, comunidad indígena urbana fundada por familias shipibo-konibo que migraron desde la Amazonía peruana hacia Lima. Un pueblo que ha sido desplazado, incendiado, cercado por la violencia y la discriminación, y que sin embargo no desaparece.

Resiste.
Recuerda.
Borda.

Olinda Silvano y el canto que no se extingue

En el centro de esta corriente está Olinda Silvano, aunque ella nunca se colocaría ahí. Artista, poeta, cantante, sanadora, activista y cofundadora de Cantagallo, Olinda no habla desde el individuo, sino desde el nosotros.

Su voz —cuando canta, cuando borda, cuando guarda silencio— no busca protagonismo. Busca continuidad.

Ella y las madres shipibo-konibo con quienes trabaja no producen obra para el mercado: producen vida. El arte sostiene a la comunidad porque el arte es la comunidad. Cada bordado es sustento, pero también es ritual. Es duelo, pero también es promesa.

En su presencia hay una certeza antigua que atraviesa la exposición como un hilo invisible. Una frase que no se pronuncia de manera literal, pero que vibra en cada pieza:

No morirá la flor de la palabra.

Porque aquí, la palabra no se grita ni se escribe. Se borda. Y al hacerlo, se vuelve imposible de arrancar.

Non Kené Nete
Olinda Silvano explicando una pieza de arte textil parte de la exhibición Non Kené Nete

Mujeres, plantas y una sabiduría que cuida

Las obras reunidas en Non Kené Nete nacen, en su mayoría, del trabajo de mujeres. En una comunidad de raíz matriarcal, ellas son las receptoras del conocimiento que las plantas entregan. No como metáfora, sino como experiencia viva.

La ayahuasca —planta madre— no es solo medicina: es soga, vínculo entre mundos. Puede sanar o destruir. Puede mostrar la luz o el abismo. Por eso el conocimiento no se improvisa, se hereda. Se cuida colectivamente.

Durante la pandemia, estos bordados fueron también refugio. Cada hilo se convirtió en una forma de sostenerse unas a otras cuando el mundo se cerró. Amor, duelo, protesta y resistencia quedaron inscritos en la tela.

Un río dentro del museo

La museografía, diseñada por Giacomo Castagnola de Germen Estudio, entendió algo esencial: estas piezas no podían colgarse como cuadros. Los telares se muestran por ambos lados porque el kené no tiene un frente único. No es plano. No es estático.

El recorrido se configuró como un río.
Porque el conocimiento shipibo-konibo fluye.
Porque la selva no se ordena: se recorre.

Así, El Cubo no traduce la cosmogonía amazónica: la hospeda.

Un diálogo desde la frontera

Que esta exposición exista en Tijuana no es casualidad. La frontera también es un territorio atravesado por desplazamientos, memorias heridas y comunidades que resisten. La colaboración con INSITE Commonplaces, organización que desde 1994 ha trabajado en este borde geográfico y simbólico, permitió que este diálogo se diera sin domesticar el mensaje.

Desde el ámbito institucional y reflexivo, la participación de la Mtra. Miriam García Aguirre acompaña este gesto:


“Permitir que el arte contemporáneo se piense no como objeto, sino como relación, como transmisión viva de saberes antiguos en contextos urbanos.”

Una sola obra, muchos mundos respirando

Non Kené Nete [Nuestros mundos espirituales] ya está abierta.
Pero no se inaugura una sola vez.

Cada persona que entra, activa nuevamente el canto. Cada mirada que se detiene, cada paso que sigue el curso del río, vuelve a encender la conversación entre mundos.

Aquí, en la frontera, la selva habló.
Y lo hizo claro:
el arte no es ornamento,
el arte no es mercancía,
el arte es la forma que tiene un pueblo de no desaparecer.

Y mientras haya comunidad,
mientras haya plantas que enseñen,

no morirá la flor de la palabra.

Non Kené Nete

Para continuar el recorrido

Non Kené Nete [Nuestros mundos espirituales] se encuentra abierta al público en la Sala 2 de El Cubo del Centro Cultural Tijuana (Cecut), en Tijuana, Baja California.

La exposición reúne el trabajo colectivo de artistas shipibo-konibo de la Amazonía peruana y puede visitarse dentro de los horarios habituales del recinto. El acceso permite recorrer este río de hilos, cantos y memorias con el tiempo que exige una experiencia que no se observa de prisa.

El Cecut ofrece este espacio como un punto de encuentro entre territorios, saberes ancestrales y miradas contemporáneas, invitando a quienes lo visitan a escuchar con atención, caminar sin prisa y permitir que el arte —cuando nace de la comunidad— siga cumpliendo su función más profunda: mantener viva la palabra.

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