La nueva adaptación de Cumbres Borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, no intenta reproducir la novela de Emily Brontë con fidelidad académica. Lo que propone es otra cosa: una reinterpretación visceral donde la imagen y la música empujan al espectador hacia el colapso emocional.

Esta no es una historia romántica clásica. Es una combustión lenta que termina en incendio.

Desde el inicio, la película deja claro que su apuesta es sensorial. La fotografía convierte los paisajes en estados de ánimo: llanuras grises, cielos densos, interiores ásperos que parecen respirar resentimiento. Los primeros planos son casi invasivos; la cámara se acerca al sudor, a las miradas temblorosas, a los gestos que anticipan violencia o deseo. Aquí el entorno no acompaña la historia: la encarna.

Cumbres borrascosas

La música, compuesta por Anthony Willis con aportaciones de Charli XCX, rompe con la expectativa victoriana tradicional. No busca contención, busca intensidad. Los motivos sonoros se repiten y se distorsionan hasta volver la tensión casi insoportable. La banda sonora no ilustra las emociones: las precipita.

Pero más allá del despliegue estético, hay un punto imposible de ignorar: la relación entre Catherine y Heathcliff.

Charli XCX Cantante y compositora.
Anthony Willis, compositor.

Llamar a Cumbres Borrascosas (2026) “romance” es generoso.

Lo que vemos en pantalla es una dinámica atravesada por poder, orgullo, humillación y una necesidad de posesión que nunca encuentra equilibrio. Desde la infancia, el vínculo nace contaminado. Heathcliff no es presentado como igual, sino como “mascota”. Esa frase, aparentemente inocente, siembra una jerarquía afectiva que jamás desaparece. Él crece marcado por la subordinación; ella crece creyendo que puede disponer de manera física y emocionalmente de él.

La tragedia no comienza con el deseo adolescente. Comienza con una estructura desigual impuesta por los adultos.

Ya en la adultez, lo que une a Catherine y Heathcliff parece menos amor y más anhelo. Hay complicidad, sí, pero también competencia emocional. Cada encuentro está cargado de tensión sexual, de miradas que arden más que cualquier diálogo profundo. La energía entre ellos es corporal, impulsiva, casi animal.

Catherine interpretada por Margot Robbie
Heathcliff interpretado por Jacob Elordi

Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿es amor o es deseo?

El deseo necesita obstáculos. Vive de la distancia, de lo que no se puede tener del todo. Y su relación está hecha precisamente de eso: separación, orgullo, imposibilidad. Cuando están juntos, todo se vuelve intensidad física y emocional. Pero el deseo no construye estabilidad; construye adicción.

Si se elimina esa carga sexual y esa tensión constante, queda algo inquietante: el vacío.

No hay comunicación madura. No hay cuidado. No hay reconocimiento del otro como sujeto autónomo. Lo que hay es fusión y posesión. Catherine no ama a Heathcliff como a un “otro”; lo vive como extensión de sí misma. Y cuando el otro no es otro, cualquier separación se siente como amputación.

La película camina en una línea delicada: por momentos parece romantizar esa toxicidad, porque la envuelve en belleza visual y musical. El sufrimiento es estético, y cuando el dolor es hermoso, tendemos a justificarlo. Empatizamos con la tragedia, lloramos con la intensidad… pero eso no convierte la dinámica en saludable.

Más que el dilema del erizo (dos seres que se hieren por exceso de cercanía), aquí vemos algo más extremo: dos personas formadas en una desigualdad emocional que jamás aprendieron a amar sin destruir.

Fennell simplifica la estructura compleja de la novela y concentra la historia en este núcleo incendiario. Puede que sacrifique matices sociales y generacionales del libro, pero gana coherencia en su propuesta: convertir la relación en el epicentro absoluto del desastre.

Margot Robbie ofrece una Catherine magnética, contradictoria, feroz y frágil a la vez. Jacob Elordi construye un Heathcliff intenso, brutal, casi animal, cuya rabia se percibe en cada plano. La química entre ambos sostiene el filme, pero también lo arrastra hacia un territorio incómodo donde la pasión y la autodestrucción son inseparables.

Al final, la pregunta no es si se amaban.
La pregunta es si sabían amar.

Vista desde 2026, la historia se siente menos como un ideal romántico y más como un estudio sobre deseo, trauma y poder. Y aunque la película es estilizada, intensa y por momentos excesiva, resulta coherente con esa visión: no busca tranquilidad, busca tormenta.

Eso sí, uno no puede evitar pensar que se habrían ahorrado décadas de sufrimiento… si en aquel entonces hubieran existido los psicólogos.

¡Síguenos, La Ruta la marcas tú!🔔

No te pierdas las mejores noticias y actualizaciones sobre deportes, entretenimiento, cine y turismo.